“Un trabajo como cualquiera” por Alejandro Aira

 

AutorAlejandro Aira

 

UN TRABAJO COMO CUALQUIERA

-No sé para qué le abrí la puerta si lo único que va a hacer es responder con amenazas.

-Es simple – dijo el otro hombre- las amenazas se van a terminar de un momento al otro y se van a convertir en hechos.

-Usted no tiene ni idea de quién soy, ni del peligro que corre y viene a mi casa a tratar de intimidarme. Quizás no lo haya notado pero le llevo dos cabezas de altura y algo más de veinte kilogramos de peso. Al medir las consecuencias de un enfrentamiento no debe dejar de considerar esas cifras.

-Es cierto, no sé quién es, ni me importa. Además, las cifras no son relevantes cuando se tiene un arma en el bolsillo del saco, una pistola 9 milímetros como la que estoy sujetando. Quizás tenga razón: todo es una ecuación numérica en la que el 9 tiene el poder de equilibrar sus números a mi favor.

Terminó la frase y se enderezó en el sillón en el que estaba sentado. Llevaba un saco largo, casi un piloto, debajo una camisa blanca y una corbata negra. Estaba peinado hacia atrás con algún fijador y sus ojos estaban cubiertos por anteojos negros enmarcados en grueso plástico negro opaco. Sus manos enfundadas en guantes de cuero tenían los dedos extendidos, la tensión no estaba allí, si es que había crispación se alojaba en otra parte del cuerpo del hombre bajo y fibroso.

-Dígame a qué vino- inquirió el hombre alto y musculoso que estaba a escasos dos metros del otro, apoyando el peso de su cuerpo en sus manos grandes y afirmando éstas en el respaldo de un sillón idéntico del que ocupaba el otro hombre.

-Vine a romperle la cara, quizás un par de costillas y a dejarlo internado de ser posible con graves lesiones. Vine a que empiece a darse cuenta que no se puede andar por la vida tocándole el culo a quienquiera por el simple hecho de ser guapo y fornido. Vine porque me pagaron para que lo hiciera. Y cuando termine con usted (quizás sea un maldito resentido y eso le nuble la razón), nunca se sabe, cuando lo deje hecho un desastre pensará: si alguna vez necesito darle un mensaje o una lección a alguien debo llamar a este tipo.

-Siguen las amenazas. Creo que usted me va a matar, pero de aburrimiento. Ah! Olvido que lleva un arma en el bolsillo y debo estar muy asustado. Le voy a decir algo, pigmeo con aires de mafioso: no me provoca la más mínima intimidación. Ni su atuendo de gánster de película barata, ni su supuesta pistola. Ahora lárguese y déjeme en paz, ya fue suficiente.

-Yo decido cuándo y cuánto es suficiente. Siéntese. No voy a repetírselo. Si tengo que hacerlo me prestará atención sangrando.

El hombre corpulento lo miró con el ceño fruncido, debajo de sus cejas negras un par de ojos azules intensos acechaban con furia animal. Tenía la mandíbula apretada y el cabello largo y oscuro le tapaba parte del rostro.

Corrió el sillón con la mano derecha y se abalanzó sobre el otro que se corrió ágilmente de  lugar y lo dejó pasar de largo. El grandote se enderezó como pudo en el sillón que tambaleó y cayó hacia atrás.

El pequeño le pateó la cara con el pie derecho que llevaba un zapato con punta redonda perfectamente lustrado, por un segundo los dientes perfectos del golpeado se reflejaron en el brillo espejo del calzado que se empapó de una mezcla de saliva y sangre en el acto.

Antes que se diera cuenta qué había ocurrido, recibió otra patada propinada con el arco del pie izquierdo, ésa le abrió una ceja y le cerró un ojo.

-Se lo dije. No era buen momento para empezar a sangrar. Además, yo intento hacer mi trabajo. Y usted se obsesiona como si fuese algo personal o una cosa de perverso. Le aclaro algo; no soy un demente ni me causa placer mi trabajo. Es lo único que sé hacer. No debe haber mucha gente en el mundo a la que le guste esta mierda de trabajar. ¿Qué hace usted para vivir?

-Soy modelo- dijo el hombre alto desde el suelo moviendo despacio la boca, como con temor a tragarse la lengua.

-Claro, hace un trabajo lindo, porque es usted luce lindo. Rodeado de mujeres hermosas que esperan un mendrugo de amor o algo que se le parezca, de hombres que lo admiran, lo desean y lo odian. Toda la ropa le sienta. Es modelo. ¿Modelo de qué? De descuido, porque con todo lo que le ha dado la vida no ha podido entender que los actos tienen consecuencias. Que si pasa un semáforo en rojo y lo detecta un policía, lo hará pagar la multa, porque es su trabajo. Que si se va sin pagar de un supermercado  el cajero lo perseguirá y le cobrará, porque está haciendo su maldito trabajo. Y que si decide subirse a la cama equivocada con la mujer que no corresponde, alguien me va a mandar a mí a que le explique, de una vez y para siempre que eso no se hace. ¿Sabe por qué? Porque es mi trabajo.

-No me golpee la cara. Es lo único que le pido.

-Seguimos hablando de trabajo, mi estimado. Le digo algo: yo vengo a despedirlo del suyo. Si yo no le estropeara su rostro, no estaría haciendo eso por lo que me pagan. Vengo a dejar esa cara, que tantas satisfacciones le ha dado, hecha puré.

Desparramado en el suelo el hombre apuesto y alto parecía mucho más largo y grande, tenía las piernas desacomodas casi en un ángulo absurdo, los brazos al costado del cuerpo largos y torneados con las manos que se cerraban y abrían, en una intermitencia curiosa, una baliza de precaución, un pedido desesperado para  que no lo atropelle un camión o el hombrecito que lo amenazaba.

En su mente se cruzaron muchas mujeres, demasiadas. Una serie de destellos de rostros o cuerpos que se relacionaban con identidades con mucha más fuerza que el ADN, risas, pieles bronceadas, pechos de diferentes formas y tamaños. Manos que lo acariciaban, dedos que lo recorrían, palmas que lo frotaban bajo el agua o con aceites. un puño encerrado en un guante negro estrellándose contra su ojo borrando la sucesión de vistas en su cerebro, haciéndolo estallar de un fogonazo, y antes que se apagase esa luz enceguecedora  otro golpe seco y duro abriéndole el pómulo, rajándolo levemente al comienzo y con más profundidad en la segunda embestida.

-¿Quién? ¿Quién le paga para esto? ¡Deténgase por amor de Dios! Le daré el doble, el triple, pero deténgase.

El hombre que lo golpeaba se detuvo un instante y le reventó la nariz con el taco de sus zapatos negros lustrados, dos potentes pisotones y donde estaba esa nariz de corte griego que tantas satisfacciones le había dado en su carrera de referente de belleza, sólo quedaban fragmentos de cartílagos y hueso apiñados con carne y sangre.

-No importa quién. No importa por qué. Parece que no entiende lo básico de trabajar; hay reglas, hay horarios, hay que cumplir con lo que se pacta. Si yo fuese a aceptar un trabajo para usted, creo que primero debería cumplir con el que se me encomendó, avisar con tiempo si es que voy a abandonar a mi contratante, y luego ver si puedo cumplir con lo que me encarga.

El hombre sacó su pistola 9mm y la tomó por el caño, con la culata comenzó a golpearle el rostro en diferentes sentidos aunque siempre con la misma intensidad y fuerza.  La sangre salpicaba hacia los costados, y si no hubiese sido por los llantos y jadeos se hubiera podido escuchar el quiebre de los huesos del rostro, de algunos dientes y las burbujas sangrientas dentro de la boca con los labios inflados y cortados.

Se detuvo por un momento para observar al golpeado y su aspecto. Inmediatamente, sacó un pañuelo blanco, limpió su arma minuciosamente y la guardó en el saco. Metió su mano por detrás de la cintura y sacó un cuchillo de hoja ancha curvada y empuñadura de goma. Luego se sentó en el pecho del caído y le tomó el cuello con la mano izquierda, mientras que con la derecha le arrancaba trozos de piel, carne y músculos de lo que quedaba reconocible de la cara. Le levantó las cejas, le hizo tajos a los costados de los ojos transfigurando la morfología perfecta en una especie de caricatura oriental. Le tomo los labios y cortó las comisuras formando una cruz arrojando los restos de carne y dejando al descubierto algunos dientes sanos y otros destrozados.

Le rebanó el mentón y por último le hizo un tajo profundo dibujando  en la frente dos  letras: NO. Vació la palabra de carne dejando el hueso de la frente al aire y por fin se levantó.

El otro estaba desmayado respiraba con dificultad y no se movía.

-A veces la gente no entiende un concepto tan simple como el de trabajo. La mayoría de las veces me pasa, usted no es la excepción. Y yo pienso, el mío es un trabajo como cualquiera. Piénselo un poco y se dará cuenta.

Salió sin cerrar la puerta.

 

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