“La Vaca” por Juan Ahuerma

 

Autor: Juan Ahuerma

 

LA VACA

*La Vaca, cuento de Juan Ahuerma, pertenece al libro de próxima edición: Fábulas – El Tigre de la Campagnola, de inminente presentación. La pintura de tapa es de Nicolás Picatto.

Club de Pescadores

Por lo menos un tercio del Club de los pescadores estaba sentado en el banquillo. No más de un tercio era todo lo que quedaba. En su mayoría acusados de complicidad en concurso de Asociación para delinquir. De los demás, se suponía, algunos habían escapado aprovechando los meandros de la noche por las barrancas del río. Los otros simplemente habían desaparecido.
El delito era «Abigeato». Robo de ganado, agravado por resistencia a la autoridad. Y alevosía. Que el Juicio se realizara cuando ya había pasado poco más de un lustro de los acontecimientos que lo habían provocado, no le quitaba espectacularidad ni alevosía.
Las dilatadas sesiones habían comenzado con una enumeración minuciosa de los elementos que constituían una evidencia insoslayable. En el campamento de los pescadores se habían encontrado pruebas contundentes: asadores y parrillas, carbones y ensaladas que comprometían seriamente a los acusados. Nada hay más elocuente en el mundo que las cosas que hablan por su ausencia.
El Juicio era un estado silente donde no volaban mariposas, ni silbaba la perdiz: un paisaje de burros que deambulaban absortos por un horizonte poblado de citas cardenalicias, no de cardenales, palabras candentes como el hierro en el yunque, hachas de verdugo y metáforas cortadas a garrote por el cruel romano.
-Imaginen ustedes -dijo el Fiscal-, la mirada turbia y temblorosa de la vaca, ese animal divino. No de la bestia rapaz del paleolítico que anida en el fondo de cada uno de nosotros y que espera, agazapada, para saltar con sus garras siguiendo un instinto feral de insospechados matices en la escala del horror.
Por un instante se quedó así, parado con las manos en alto, y un rictus en el rostro. Escudriñaba la sala en silencio, buscando los reflejos de su gesto en cada mirada, en cada resquicio de la sala.
No volaba ni una mosca. Pasaron segundos de alta densidad.
-No -dijo después-, no hablo de esa bestia. Hablo de la otra. De la que pace los pastos en verano. Y en el invierno lame la escarcha. Sí, señores, hablo de la vaca. Animal simple y trascendente si los hay, aureolada por reflejos de inocencia. De una Gracia que fluye entre la insobornable vegetación y el cielo: la vaca amorosa, la agraciada vaca.
-Le voy a pedir al Sr. Fiscal que abrevie -dijo la Secretaria del Jurado.
El Fiscal la miró apenas de reojo y pareció ignorar empecinadamente la advertencia.
-Perdón -dijo dirigiéndose siempre a la sala-, estoy hablando de un animal sagrado: estoy hablando de la vaca.
Mientras hablaba movía sus manos en el aire como el mimo o los hechiceros. Parecía que tuviera al animal debajo de su palma, acariciándolo e incitándolo para que declarase.
-Y ahora voy a agregar algo más, quizá un detalle insignificante. ¿Se trataba, en nuestro caso, de una vaca cualesquiera? No, de ninguna manera. La víctima, ya que el rol que me acontece, por delegación ínclita del estado, es el de representar los derechos inalienables de la víctima, no era una vaca indeterminada rumiando escuálida por los campos. Hortensia Leonor era una dama mugiendo en el paisaje nocturnal de un camino provinciano. ¿Estaba la luna de Oriente rigiendo las esferas, o la luna llena que excita las mareas y promueve como un antro las metempsicosis? Quizá algún día lo sepamos. Si afinamos un poquito nuestra imaginación podemos ver la luna enseñoreándose en la noche que presentimos invernal, de Junio.
-Señor Fiscal -insistió la Secretaria-, este Tribunal le agradecerá que abrevie.
-Perdón, Su Señoría -contestó el Fiscal-, quizá usted no esté viendo la luna, quizá no esté oliendo la grama, tal vez el humus que sube en el paisaje…
-Sí Señor Fiscal, lo estoy viendo, pero…
-No sea estúpida entonces, Su Señoría. No puede romper la magia de esa noche con una cuestión formal. Se trata de una vida, Señoría. Se trata del instante mismo en que Hortensia Leonor está por ser asesinada.
-Presento una objeción -dijo el abogado defensor-. La parte acusadora está tratando de influir en los criterios del Jurado.
-Tome nota -dijo el Juez-. Y estiró su cuello para observar las maniobras del oficial sumariante.
-Qué fácil sería imaginar que se trata de un accidente -prosiguió el Fiscal-, una vaca anodina y un estúpido conductor en un camino cualquiera.
Hizo un silencio prolongado. Miró después al Jurado, a los testigos y, finalmente, a la sala. Comenzó su discurso levantando la voz de una manera inesperada. Muchos saltaron en sus lugares de absorción.
-No, no voy a permitir que se desprestigie a mi clienta. No voy a permitir que aquí se destituya a la víctima. Si es que por un instante alguno se ha olvidado, les voy a recordar que estamos juzgando a un canalla. No a la vaca. Al asesino de la vaca y a toda su cohorte de rengos y bandidos.
En ese punto señaló al acusado con el dedo.
-Mi nombre es Antonio E. -dijo el acusado-, y no voy a permitirle que me señale con el dedo.
Un acentuado rumor corrió por la sala como un niño que corriera descalzo por galerías y pasillos y se fuera agrandando a medida a que avanzaba hasta convertirse en un gigante graso y fofo.
-¡No me interrumpa! -Gritó con furia el Fiscal.
-Les recuerdo que no pueden dialogar entre ustedes –los amonestó la Secretaria.
-¡Déjese de joder con cuestiones de forma, Señoría! –le contestó el Fiscal- ¡Por favor, estoy hablando de la vaca!
Se hizo un silencio prolongado en la sala. Unos aprovecharon para acomodarse en sus asientos. Algún otro se sonó la nariz, al fondo. El Orador se volvió, paseando una mirada furiosa por la sala.
-Estoy hablando de la vaca –sacó su pañuelo, se enjugó el sudor de la frente y prosiguió-. He dicho que Hortensia era una dama. Debo reconocer mi equivocación: era una Reina. Sus antepasados provienen de las estepas de la India, donde Siddharta emulsionó las cortes de las más antiguas dinastías, donde el Budha luchó contra el demonio cuyo nombre es Mara, y lo venció con la paz, con la iluminación, con la armonía. Benditas las virtudes de la vaca. Inocencia de la Divinidad en actitud Bovina. Hortensia Leonor había conseguido, apenas hacía una temporada, el Gran Premio de Honor de la Sociedad Rural Salteña. Y se disponía a competir por el máximo galardón en Palermo. Pero eso ya no va a ocurrir, señores. Y aquí voy a abreviar, Su Señoría: no va a ocurrir jamás. Porque una fría noche del invierno se encontró con un asesino serial, en el camino de La Cruz. Con un abigeo frío, antisocial, que desató sobre ella sus instintos con el objeto de satisfacer la iniquidad, la gula.
-No ha sido tan así, Señor Fiscal –dijo el acusado.
-¿Que no ha sido tan así? Escuchen señores al oficial actuante, con qué se encontraron los hombres de nuestra policía en aquella tenebrosa noche.
-Aparte del vehículo -comenzó a leer el delegado-, que se encontraba en la banquina, en posición decúbito dorsal, encontramos a la vaca.
-Perdón -dijo la Secretaria-, ¿quién se encontraba en posición decúbito dorsal, el vehículo o la vaca?
-Dije: que se encontraba en la banquina, coma, o punto y coma si prefiere, en posición decúbito dorsal, coma encontramos a la vaca. Es obvio que la mencionada posición se refiere a la vaca.
-Trate de expresarse mejor -dijo la Secretaria.
-¿No recuerda -dijo el Fiscal- algún detalle que pudiera ser significante?
-Sí -dijo el oficial-. El motor del vehículo estaba encendido, lo mismo que las luces altas. El animal mugía cada dos o tres minutos. Y los ojos le daban vueltas para todos lados En el lugar fueron aprehendidos tres sujetos, uno de los cuales logró darse a la fuga aprovechando los melindres del paisaje y la alta nocturnidad de la hora más oscura.
-¿Puede darnos precisiones sobre la hora? -Lo interrumpió el Juez, presidente del Tribunal a los postres, perdón, a la postre.
-Y, serían como las dos o las dos y media de la noche del viernes trece, aproximadamente. «Cómo quisiera ser un Dios, para poder vivir así en cada instante de tu vida». Recuerdo que en la radio del automóvil sonaba repetidamente el tema «Cómo quisiera ser tu amor», interpretado por Los Ángeles Negros.
-Que conste en el Acta -dijo la Secretaria.
-Si Su Señoría lo permite -dijo el Fiscal- quisiera preguntarle al delegado cuál fue la actitud de estos sujetos.
-Bueno -dijo el oficial-, uno de ellos, como ya lo mencioné, se dio a la fuga en una bicicleta, aprovechando un descuido en el procedimiento.
-¿Y de dónde salió la bicicleta? -Preguntó la Secretaria.
-Era del sargento ayudante Amorós -dijo el oficial, y se produjeron risitas en la sala.
-Señores, les recuerdo que está en mis facultades hacer desalojar la sala si no guardan la debida compostura. Puede proseguir.
-Bueno, el animal se ve que sufría una enormidad, porque seguía mugiendo en períodos cada vez más prolongados y lanzando pataditas al aire. Para colmo, al rato nomás, empezó a helar, lo que tornó más dramático el procedimiento. Entre las armas incautadas encontramos una pistola marca Berretta calibre 22, con signos de haber sido recientemente disparada, y varias vainas servidas. Tres cuchillos del tipo carnicero, una linterna de cuatro elementos y una tarjeta de crédito del Banco Río, a nombre de uno de los detenidos. En el baúl del auto se encontraron ocho bolsos de diferentes medidas y dimensiones, se supone que para cargar en ellos las partes del animal sacrificado. Los errores que presenta el acta se deben a que fue rubricada en el lugar del hecho, en camino de ripio, con luz de sesgo del automotor y ocasionalmente bajo los reflejos de la tonta luna, que a esa hora presentaba una aureola casi anaranjada atribuible a la humedad ambiente…
Se hizo silencio y hubo algunos aplausos en la sala.
-Prosiga -dijo la Secretaria del Tribunal.
-Cómo prosiga -dijo el Fiscal-. Estamos en ese punto que los astrónomos dan en llamar un agujero negro. Un insobornable abismo del universo en cuyas entrañas se genera nada más y nada menos que la Antimateria. La Antimateria. Quisiera saber, de boca del procesado, qué pasó entre aquél momento en que hortensia Leonor pastaba cerca del camino de la Cruz y la llegada de nuestra gloriosa policía. Qué cosas transcurrieron por su mente, y desde cuándo, precisamente desde cuándo. ¿Qué ceguera le aconteció, que no pudo ver a la reina’?
-Precisamente, Señor, uno de los detenidos era un no vidente -dijo el delegado.
-¿Puede comparecer? -Preguntó el Fiscal.
El presidente hizo una seña y una secretaria del Fiscal acompañó al mencionado hasta un asiento lateral. Le ajustaron el micrófono para que pueda declarar y le acercaron un vaso con agua.
-¿Puede decirnos su nombre?
-Mercadito, Señor Juez.
-Completo, por favor. Y no soy el Juez, aunque me gustaría. Soy el Fiscal.
-Sí, Señor Fiscal.
-La parte acusadora debe abstenerse de realizar comentarios capciosos, dijo la Secretaria.
-Si, Señoría. ¿Nombre, por favor’?
-Mercado, Señor Juez.
-Completo, por favor. Y le repito que no soy el Juez.
-Los amigos me dicen Mercadito, Señor Juez.
-¿Usted venia la noche del 13 de Junio, viernes para ser más precisos, con el acusado por el camino de La Cruz?
-Por La Pedrera, más precisamente -dijo Mercadito.
Movió la mano para tomar el vaso de agua, con torpeza y nerviosismo, y lo derramó. Estrépito de vidrios rotos soliviantando al auditorio. Después de los procedimientos de rigor siguieron las indagatorias.
-Dado que uno de sus cómplices huyó cobardemente en la bicicleta del sargento Amorós, y este otro es un no vidente, quiero preguntarle al Imputado si asume la responsabilidad por este horrible asesinato.
-Eso de imputado está de más -dijo el ídem-. Mi nombre es Antonio E. Y puede, en todo caso, llamarme turco Antonio, como me dicen los amigos. Segundo, yo no tengo cómplices, como sugiere el Señor Fiscal. Soy ampliamente conocido en la Ciudad de Salta y sus alrededores. Todo el mundo sabe que tengo amigos, conocidos y enemigos. Punto.
-Disculpe, Señor Antonio. ¿Y quién se fue entonces con la bicicleta de Amorós?
-Qué se yo, Señor Juez, Yo no he visto ninguna bicicleta. Las luces altas del Land Rover policial no me permitían ver muy bien. Pero me parece que Amorós estaba medio machado. Puede haber perdido su bicicleta en una aventura anterior. O posterior, digamos.
-Y usted, Mercado, ¿vio una bicicleta?
-Señor Juez, yo no he visto nada.
-Disculpe, Señor Fiscal, pero los presentes estaban ambos profundamente alcoholizados.
-¿Cómo dice, oficial?
-Y. . . así consta en el acta, Su Señoría.
-Disculpe, Señor Fiscal. Si ha terminado, nos gustaría escuchar el relato del Imputado.
-Mi nombre es Antonio -dijo el imputado-. Y si me permiten voy a relatar mi experiencia unívoca e inenarrable.
-Inenarrable, inenarrable. ¿Para qué la vas a contar, si es inenarrable.
-Le ruego al Sr. Fiscal que no interrumpa al acusado -dijo la Secretaria.
-Efectivamente -dijo el turco Antonio-, yo me encontraba esa noche del trece de abril en el camino secundario que une la zona sudoeste de la ciudad de Salta con la localidad de «Las Tienditas». Serían cerca de las dos cuando estábamos viniendo.
-¿Cuando qué?
-Cuando estábamos viniendo. Era, debo reconocerlo, una hermosa noche. Viento a 24 kilómetros por hora, humedad del 48%. Temperatura estable. Estrellas, por doquier.
-¿Por donde?
-Por doquier, Su Señoría. La luna, al tono. Y es verdad, veníamos punteados. Torrontés de Cafayate, una preciosura.
-Objeción, Su Señoría -dijo Mercado. Hizo un gesto para tomar el vaso de agua y lo volvió a derramar.
-Suspendan la asistencia hidráulica al discapacitado -dijo el Fiscal-. Sospecho que nos está tomando el pelo.
-Puede continuar -dijo la Secretaria.
-Yo no había ingerido ni .una gota de Torrontés -aclaró Mercado- Soy afecto al Cabernet, y en cuestión de gustos y sabores no me dejo sobornar. A mí no me gusta mentir, Señor Juez. Y menos en cuestión de gustos.
-Perdón -dijo el Fiscal-, creo que en esta sala se señaló que el Sr. es no vidente.
-Así es, Señor Juez.
-Me gustaría indagar, con el permiso del Tribunal, qué grado de discapacidad visual tiene el señor Mercado.
Mercado estiró la mano buscando un vaso de agua que no había. El Intendente hizo una señal. El líquido y su continente le fueron restituidos.
-Puede proseguir -dijo después Su Señoría.
-Absolutamente nada. No veo nada de nada.
-¿Ni sombras? -Inquirió el Fiscal.
-Ni sombras, Señor Juez, para qué le voy a mentir.
-¿Y cómo hace entonces para distinguir el vino blanco del tinto?
-Tengo paladar -dijo Mercado-. En ese sentido a mí no me van a meter gato por liebre, y menos con el vino, que es un don que dios nos ha dado a los cristianos.
-Disculpe, Señor Fiscal -dijo la Secretaria-. Pero esto se está convirtiendo en una apología. Si considera que su pregunta ha sido contestada, podemos volver al acusado.
-Puede continuar -dijo Su Señoría.
-Como dije -siguió el turco Antonio-, el viento no propasaba los 24 kilómetros horarios, la temperatura estable y la luna al tono, le daban al paisaje esa gracia típica de la temporada invernal salteña…
Hubo aplausos en la sala. La Secretaria amenazó con expulsar a los presentes, es decir con convertirlos en ausentes, si no guardaban la debida compostura. Prosigue después el acusado.
-Nos dirigíamos, para ilustración del Señor Fiscal, en dirección Nor Noroeste, en proximidad de las estribaciones del Cerro de La Cruz, buscando los extramuros de la Ciudad de Salta. Mi amigo y copiloto Mercado me venía haciendo comentarios sobre las virtudes del clima y del paisaje provinciano. El enripiado del camino le daba ese no sé qué que suele agregarle el traqueteo a las escenas, y la humedad del aire, en su punto exacto, evitaba que el tierral se convierta en polvareda.
-¡Ah! -Dijo el Fiscal- O sea que teníamos una visibilidad, digamos, adecuada.
-¿A mí? -Dijo Mercado- La verdad, Señor Juez, es que no se veía nada.
-No -dijo el Fiscal-. Me estoy dirigiendo al acusado.
-Me remito a la declaración del Señor Mercado -dijo el turco Antonio-. En realidad se trataba de esas noches en que se siente mucho; pero no se ve nada.
-Prosigamos -dijo el Fiscal.
-Primera, segunda y tercera. Vea -dijo Antonio-, veníamos al pelo. Calculo que en más o en menos quince minutos estaríamos llegando a Salta, donde íbamos a realizar el trámite que nos había sido delegado. Cuando de pronto, Su Señoría, y aquí le voy a dar la razón al Señor Fiscal, no vi a la reina. Si hubiera sabido que allí iba a estar Laura Leonor, le aseguro que hubiera disminuido la velocidad.
-Hortensia Leonor -aclaró el Fiscal-. Y no crea que va a conmover al Jurado con ese discurso amanerado, perverso, antisocial.
-Disculpe, Señor Fiscal, pero le juro que no la vi, pregúntele a Mercado.
-Efectivamente, Señor Juez –aclaró Mercado-. Estoy recontra seguro de que no la vimos. Hay que ser muy insensible para hacer semejante barbaridad. Para qué, si la vaquita no nos había hecho nada.
Hubo un silencio expectante en la sala.
-¿Y? -Preguntó la Secretaria.
-Y ahí nomás escuché la frenada. Puse las manos así para no pegarle al parabrisas y de golpe ya no pude ver más nada.
-No le estoy preguntando a Usted, Señor Mercado, sino al inculpado.
-Le recuerdo, Señora Secretaria, que mi nombre es Antonio, así que no vuelva a tratarme de inculpado. No lo voy a permitir, Su Señoría, y si me siguen tratando así, me bajo del estrado y no hablo más nada, qué se han creído.
-Es una figura judicial -dijo el presidente del Tribunal-. Y a los efectos formales. Le ruego que no le dé más connotaciones de las que tiene.
-A nadie le gusta que lo traten mal, Su Señoría.
-Está bien -dijo la Secretaria-. Puede proseguir, Señor Antonio.
-Gracias, mi amor. Bueno, como dice el ciego, ahí nomás se escuchó la frenada. Torcí todo lo que pude el volante, el auto se inclinó peligrosamente sobre la derecha…
-Te has olvidado de Dávalos -dijo Mercado.
-¿Cómo? -Preguntó el Fiscal.
-Yo venía hablando de Dávalos. De cuando se quedaba escribiendo arriba del cerro San Bernardo, toda la noche. Desde ahí mirábamos la ciudad de Salta. ¡Qué hermosura! Yo le manejaba el auto y, mientras escribía, le cebaba unos vinos y le pasaba la coca. Qué, en ese momento, Señor Juez, fue que pasó todo. Cuando yo le dije al imputado que Don Juan Carlos Dávalos usaba dos acullicos de hojas de coquear así, uno a cada lado.
-Exactamente -dijo el turco-. Exactamente. El me venía hablando de eso, y cuando me dijo que Dávalos coqueaba a dos manos, yo le dije ¿cómo? Y me doy vuelta para ver la seña que me hacía. Ha sido apenas un instante, y después la nada.
-Humo, polvo -dijo Mercado-. Las luces que alumbraban para cualquier lado.
-Eso -siguió el acusado-. Y entre el humo y la bruma, los ojos blancos de la vaca Aurora…
-No voy a permitir -dijo el Fiscal-, que el acusado le falte el respeto al Noble animal. Punto.
-Que conste en Acta -dijo la Secretaria.
-Perdón -dijo Antonio-. Quise decir los ojos de Laura Leonor.
-Hortensia Leonor.
-Bueno -dijo Antonio-. Como usted quiera.
-No, no es como yo quiera. La naturaleza ha trabajado miles de millones de años para producir un animal semejante, animal único y particular como no hay otro, un ejemplar insigne de la raza, como para que usted venga a cambiarle el nombre.
-Está bien -dijo Antonio.
-Que conste en el Acta -dijo la Secretaria-. Puede proseguir.
-Sus ojos trasuntaban algo de empecinamiento. Y algo de asombro. El tierral le daba un aspecto de fantasmagoría que podría decirse salido de una película de horror.
-De terror, querrá decir -lo Interrumpió el Fiscal.
-No, de horror. Digo Vicent Price, no Bela Lugosi.
-¡Ajhá! Que conste en el Acta.
-Después me bajé, descendí del vehículo y le hice señas al animal para que se retirara del camino.
-Miente -dijo el ciego-. Le dijo «correte, vaca hija de puta».
-¿Cómo?
-Sí, le dijo correte ya, vaca hija de mil puta. En el sentido de que se mueva, por supuesto, de que se salga del camino. Para qué le voy a mentir, Señorita. Yo seré ciego pero tengo un excelente sentido de la audición.
-Señores del Jurado. -Dijo el Fiscal- Escuchen ustedes cómo comienza en este punto la procacidad, la violencia. Este sujeto que está allí, impávido frente a la sociedad, se remite a nuestro animal del un modo salvaje y ofensivo, lo que demuestra que alberga hacia el mismo sentimientos predeterminados. Obviamente, ya conocía desde antes a la vaca. Y el sentido de la excursión nocturna no fue otro que el de abandonar el campamento para asesinarla. Y luego repartir sus cuartos entre una recua de pescadores, en un ritual perverso que suelen denominar «asado». Amén.
-Objeto -dijo el abogado defensor-. La parte acusadora está induciendo conclusiones al Jurado.
-Objeción aceptada -dijo la Secretaria-. Puede proseguir.
-Bueno, si le quieren creer al ciego, es problema de ustedes. -Dijo el acusado- Yo creo haberme remitido al animal de un modo correcto. Hizo como que iba a moverse y volvió, no sin trasuntar cierto empecinamiento, a la misma posición en medio del camino. La luna se reflejaba en su testuz, probablemente a causa del sereno. Insistí por segunda vez para que se corra y comencé a desandar el camino hacia el automóvil.
En la sala no volaba ni una mosca. Apenas se escuchaba, como una lluvia metálica, el tableteo de la máquina del oficial sumariante. Una lluvia sumaria, de an¬tes.
-Fue entonces -dijo Antonio-, que escuché clarito que decía a mis espaldas: «te voy a cagar la vida».
-¿Cómo? -Dijo la Secretaria.
-Objeción -dijo Mercado-. Yo en ningún momento escuché lo que menciona el acusado.
-Perdón -dijo el Fiscal-. ¿Y qué escuchó el señor Mercado?
-»Te voy a hacer Aca». Sí, Señor Juez, para qué le voy a mentir. Se escuchó clarito: te voy a hacer Aca, le decía.
-Bueno -dijo el inculpado-. Si él dice que era así, será así, pero no veo la diferencia.
-Ya la vas a ver -dijo el ciego-. Algún día vas a ver la diferencia.
-Y ahí nomás se me vino a la cabeza…
Se hizo un silencio profundo entonces. No había nadie en la sala que no tuviera un nudo en la garganta.
-Señor, trate de precisar qué se le vino a la cabeza.
-De pronto me acordé de todo lo que me hicieron las mujeres, Su Señoría. Para decirlo mejor, mis ex mujeres. Fue como un destello infernal, entre las luces del automóvil y el polvaderal. Quebrando la gracia de esa noche perfecta estaban allí no una vaca indeterminada, no Laura Leonor. Estaban allí otras vacas, Señor Fiscal, Señores Jueces. Vacas insomnes que venían del pasado, que me habían arruinado la vida. Que me habían hecho Juicio por alimentos, que me habían quitado la camioneta, que no me dejaban fumar en la cama, que me vivían jodiendo, que no me dejaban ser feliz, Su Señoría. Y entonces fue, lo reconozco, cuando perdí la cabeza…
La Secretaria, embargada por la emoción, dijo que prosigan.
-Sí -dijo Mercado-. Verá usted, señorita, yo en realidad no sabía lo que estaba pasando. El animal seguía repitiendo esa cuestión, con los ojos brillando en la oscuridad. Ahí fue, Señor Juez, cuando el acusado, sin mediar palabras, sacó la pistola del vehículo, que todavía se encontraba en marcha. Y volviéndose a la escena del cohecho procedió a vaciar el cargador completo sobre el testuz del animal que permanecía inmutable.
-¿Cómo puede permanecer inmutable? -Dijo el Fiscal.
-Bueno, no tanto, pero cuando se le acabaron las balas, al acusado, ella lo seguía mirando, como si nada. Y cuando se volvió a buscar el cargador, le dijo algo que no pude escuchar muy bien.
-Trate de recordar -dijo el Fiscal.
-Y…, algo así como «Carnero». Creo.
-La puta -dijo el Juez-. ¿Puede agregar algo, el acusado?
-¿Qué puedo agregar? -Dijo Antonio con lágrimas en los ojos- Después de eso fueron la vorágine y la confusión. Sólo recuerdo las linternas del oficial y las sirenas del Land Rover.
-Cuando fue sorprendido -dijo el oficial-, aparte de los disparos ya le había infundido al animal varias heridas de arma blanca, por lo demás mortales.
El silencio volvió a enseñorearse sobre la sala. Fue quebrado después por el Fiscal, que melindroso preguntaba.
-¿Podría decirnos el Señor Mercado si conoció o conocía, a alguna de las relaciones del acusado?
-Y, sí, algunas he conocido, Señor Juez. Para qué le voy a mentir.
-¿Y estaría en condiciones de describirlas? Es decir, y quiero que la respuesta conste en el Acta, si eran gordas, abultadas o prominentes al punto que, en la imaginación enferma del acusado, pudieran confundirse con una vaca.
-No, Señor Juez, las que conocí estaban buenas. La verdad es que no sé si alguna sería su ex mujer. Supongo al menos que serían sus amantes.
-¡Ajhá! -Dijo el Fiscal volviéndose a la sala. El testimonio de este no vidente hecha por tierra los argumentos del acusado.
-Disculpe -dijo el ciego-. Me parece que no nos estamos entendiendo. No se trata de la imagen de la vaca, Señor Juez. Me parece que Usted se está quedando en la inmediatez de las cuestiones. Creo que, a lo que el acusado se refiere, es a la metáfora de la vaca.
De nuevo rumores en la sala.
-Señores del Jurado -dijo el Fiscal-. Es evidente que aquí se quiere desnaturalizar el proceso, haciendo recaer la culpabilidad sobre la parte acusadora. Con sutilezas literarias se quiere ocultar el sentido aberrante de un acto de cuatrerismo llevado a cabo con intención y alevosía. ¿Quiere leernos, el oficial actuante, cuáles vituallas se encontraron en el campamento madre de estos alegres delincuentes?
-Sí, Señor Fiscal. En la localidad de «Las Tienditas» fue identificado un campamento realizado con todas las de la ley, iluminado con lámparas Petromax y munido ampliamente de todo tipo de bebidas, hojas de coca de coquear, varias cajas de cigarrillos y bicarbonato. A más de cañas de pescar como para una quincena de pescadores, los que se encontraban acompañados por algunas mujeres de vida «aireada», sin relación de dependencia.
-¿Quiere decir usted, Señor oficial, que no había entre ellos relación matrimonial o de parentesco?
-Positivo, Su Señoría.
-¡Ajhá!
-Y encontró Usted, en ese campamento, algún tipo de carne vacuna, de cerdo o de pollo que pudiera considerarse apta para asentar tal beberaje?
-Ninguna, Su Señoría, ni tira de asado, ni chinchulines ni tripa de pollo. Sartenes diversas y varias parrillas, eso sí encontramos.
-¿Y pescado?
-No Su Señoría. Ni un solo pescado.
Se volvió el Fiscal hacia la sala. Respiró profundo, y dejó que se enseñoreara, inconmensurable, el silencio.
-Habían parrillas y sartenes. Seguro que carbón también había. Beberaje, cigarros, coca y bicarbonato. Pero no había carne. Está claro, señores, que el asado debía de provenir de la víctima. No había ni siquiera un mísero pescado.
-Ahí está el asunto -dijo el turco Antonio-. Ahí está el asunto. ¿Porqué no le preguntan al ciego porqué no había un solo pescado?
-Bueno. -Dijo Mercado- Hizo un movimiento de tantear con la mano y esta vez sí dio con el vaso de agua. Bebió un sorbo, dejó el vaso en su lugar y dijo: La verdad, Señor Juez, para qué le voy a mentir. Yo me había olvidado la carnada. -De eso se trataba todo, Su Señoría -dijo el acusado-. Por eso estábamos volviendo. El ciego de mierda se había olvidado la carnada.
Lo que siguió después fueron cuestiones de forma que no vale la pena consignar. Alegatos, preguntas tontas como la tonta luna que pace en el cielo de los enamorados. Sí convendría recordar el momento aquél en que Mercado, exigido por el Fiscal, tuvo que aclarar el tema de la metáfora, por la vaca.
-Se refiere, Señor Juez, a las mujeres que no saben volar -dijo, y se tomó de un solo sorbo el agua.
El Juicio, con sus prolegómenos, no duró más de un día y una noche. Y el turco Antonio E. fue absuelto de los cargos, beneficiado por la figura de Emoción violenta.

Hoy, con el crepúsculo, ha terminado el Juicio al Club de Pescadores. El último capítulo de una historia tan mentida como misteriosa.
Yo guardé mis apuntes y me despedí del Jurado, mientras poco a poco la sala se vaciaba y las luces se iban apagando. Una secretaria del Juzgado acompañó al ciego Mercado hasta la puerta, y todos miraron sorprendidos cómo cruzaba la calle y después la plaza sin ninguna ayuda. Caminaba con gracia, casi a los saltitos. Y después, pasando la avenida Belgrano, se perdió de vista y nadie nunca más volvió a encontrarlo.
Dicen los tratados de folklore sobre usos y costumbres de nuestra tierra, que el diablo suele aparecerse bajo dos formas predominantes: como perro negro o como un ciego.
La verdad, quién lo puede saber.
De ese Juicio que conmoviera a la opinión pública provinciana me quedan algunos recuerdos. El fiscal que tenía una pata más corta que la otra, cuestión por la que usaba un taco más alto en el zapato que correspondía a la pierna defectuosa. Los anteojos de mi amigo Antonio, como culo de botella, y su manera feliz de trajinar la vida. Y la actitud ceremonial, casi sagrada, del público en la sala.

 

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